Puerto de la Portiella, antíguo puerto de Oviñana

Oviñana, al final del túnel

Sólo queda una cetaria en las «furnas» del muelle, cuya flota se ha dedicado a la captura y cría de mariscos

02.05.2009 | 02:00

 Oviñana, Ignacio PULIDO

El azul turquesa de las aguas de El Castrillón contrasta con la oscuridad del túnel de acceso al puerto farriego de la Portiella. Cobijado por las puntas Gavilán y Garita, este humilde muelle sirve en contadas ocasiones de varadero y es un enclave apreciado por pescadores deportivos. A pesar de todo, la Cofradía de Pescadores «San Roque» de Oviñana aglutina a unos 30 profesionales embarcados en 9 lanchas de bajura, todas ellas amarradas en Cudillero. El origen del puerto se halla en las facilidades que ofrecía la playa El Castrillón como varadero. Al igual que sucede con las playas de San Cidiello o de Purtiella, los mariscadores amarraban en estas ensenadas y ascendían hasta sus viviendas a través de caminos que serpenteaban por los acantilados.

 


Horadadas por el mar y transformadas en cetarias, varias cuevas llamadas «furnas» se localizan en las inmediaciones del muelle. La utilización de estos accidentes geológicos se inició en la década de los 40 del siglo pasado de la mano de la familia vasca Azpiroz y Otamendi. A los pies de la punta Garita, unas escaleras de piedra ascienden hasta la entrada de una «furna», en cuyo dintel aún se puede ver un relieve con el año de fundación: 1942. En su interior, una vieja reja metálica cierra el paso a una inmensa galería en cuyo extremo se atisba San Pedro de la Ribera.


«Los pescadores se veían obligados a subir con las cajas al hombro por las escarpadas pendientes», señala el patrón mayor Celso López. Dado el difícil acceso, el marisco criado en cetaria era trasladado por mar. «Las cajas de marisco se ataban formando una cadena y se arrastraban con una lancha», recuerda López y añade que después se llegó a instalar un teleférico para acercar el género a la orilla.

La langosta fue el pilar de la economía de la cofradía farriega durante años. Los marineros navegaban hasta lugares como Busto, Luarca o Puerto de Vega y para facilitar la conservación del marisco se veían obligados a mantener las capturas sumergidas en el agua, por lo que optaban por pernoctar en el interior de «furnas».

Durante los años 50 y 60 Oviñana vivió su época álgida con una flota de 32 lanchas y 108 marineros. «Todas las embarcaciones se hacían en el calafate de José Parranco. El kilogramo de pixín estaba a tres pesetas y había que pescar en cantidad para poder venderlo», recuerda José Luis López, pescador retirado y antiguo patrón mayor al que un accidente separó del mar. «Hace 20 años estuve a punto de perder una mano. Estábamos tensando un cabo y se rompió de repente. Mucha gente ha sufrido heridas de gravedad de este modo», comenta mientras muestra sus cicatrices.

La obra del túnel de acceso al puerto se inició coincidiendo con este apogeo. «José de Tino fue el promotor de la construcción de la galería, en la que trabajaron unas 30 personas. José luchó mucho por el pueblo y si hubiese vivido más, Oviñana tendría hoy un puerto en condiciones», afirma Celso López.


A día de hoy la presencia de langostas es casi inexistente en el Cantábrico y sólo una «furna» alberga una cetaria. «Se pescaban 150 langostas en un día y ahora no hay», lamenta Celso López, que incide en la precariedad del muelle. «Solicitamos varias veces la construcción de un espigón y aún esperamos una solución. Sólo pueden atracar chalanos en verano, el resto del año las embarcaciones están en Cudillero», comenta y admite sentirse desplazado: «Sólo queremos que las autoridades nos apoyen un poco».

 (Artículo de la Nueva España del 2 de mayo de 2009)